mié. Jul 8th, 2020

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HijosDeLiga: La historia de Lucas y Jorge Faggiano

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Nos metemos en la cálidad intimidad de la familia Faggiano. Jorge, el padre, es uno de los íconos y grandes históricos de Estudiantes de Bahía, con 12 temporadas en la Liga Nacional y un símbolo de la Capital del Básquet. Lucas, el hijo, se crió en ese mismo club de papá Estudiantes, fue campeón de la Liga con San Lorenzo (2016) y campeón del Súper 20 (2017) con San Martín de Corrientes, para hoy militar en Brasil.

Por Lucas Leiva

Cuando las raíces son los mismas, los caminos suelen tomar rumbo similares. En La Liga hay varios casos de estos. Está en la sangre, en los genes, en ese legado que uno, el padre, triunfante y con un recorrido ejemplar, le deja a su hijo, que toma la mochila y cargado de sueños va en busca de su propia historia. Hará el camino a su manera, de su forma, con su estilo, lo escribirá con su propia pluma, pero siempre es una valiosa guía tener como padre a un gran ejemplo.

En este sentido #HijosDeLiga relatará la historia de los Faggiano.

Por un lado tenemos a Jorge, el padre. Uno de los históricos y grandes jugadores que dio el básquet de Bahía Blanca. Nacido en Puntal Alta pero desarrollado deportivamente en la Capital del Básquet, donde se radicó desde muy joven, Jorge desarrolló toda una carrera ejemplar. Una leyenda que comenzó en Altense, pero ya en su nuevo hogar construyó toda una vida en Estudiantes de Bahía, su segunda casa. Más allá de haber jugado en otros equipos como Independiente de Avellaneda, Quilmes de Mar del Plata, Gimnasia de Comodoro Rivadavia, Olimpo, Andino de La Rioja y Deportivo Viedma, toda su trayectoria está muy ligada al Albo.

En Estudiantes es todo un símbolo, jugando 8 de sus 12 temporadas en la elite defendiendo los colores del club de calle Santa Fe. Incluso, más allá de que en el 84 estuvo jugando en el torneo de Capital para Independiente, fue parte de la primera camada de Estudiantes de Bahía Blanca dentro de la Liga Nacional, siendo parte de aquel plantel que participó en la primera edición de 1985. Más allá de su presencia en los seleccionados formativos de Argentina, participó con la mayor en torneos Sudamericanos, Preolímpicos y Panamericanos. Se retiró en 1997, dejando una huella imborrable en la memoria de todos.

Por otro lado tenemos a Lucas, el hijo. Prodigioso base, uno de los mejores jugadores que ha podido disfrutar la Liga Nacional en estos últimos años y en consecuencia uno de los más importantes dentro de su puesto. Arrancó en Estudiantes de Bahía, el patio de su casa y el club donde toda su historia surgió. También fue parte del proceso de Bahía Basket en sus comienzos, y en el 2013 se fue de su ciudad natal para pasar primero por Boca Juniors, luego San Lorenzo, San Martín de Corrientes y finalmente la temporada pasada en Baurú de la NBB Brasil.

Lucas fue campeón con San Lorenzo en el 2016, en la misma temporada que el Ciclón consiguió su retorno a la Liga Nacional. Además, con el Rojinegro correntino también fue campeón del Súper 20 en el 2017, mientras que apenas arribado a Brasil se quedó con el Interligas ya jugando para Baurú. En noviembre del 2018, el bahiense debutó con la selección mayor dirigida por Sergio Hernández, jugando contra Estados Unidos por una de las ventanas FIBA clasificatorias al Mundial de China. Lucas desarrolló un juego brillante a través de su carrera, siendo uno de los bases más codiciados de la competición, talentoso, responsable, confiable y siempre rendidor.


JORGE FAGGIANO, UNA LEYENDA EN ESTUDIANTES

Jorge, un ídolo en Estudiantes de Bahía Blanca

Está claro que Jorge es todo un símbolo dentro de la historia del básquet bahiense. Si bien es todo un ícono en Estudiantes, llegando a jugar con el mítico Beto Cabrera allí y con quien tuvo la posibilidad de compartir un torneo local, Jorge además resultó ser uno de esos tipos que hizo historia dentro de la gran historia. Porque en Bahía Blanca el básquet se siente de diferente forma, porque es una ciudad que tiene a nuestro deporte como un estilo de vida, mucho más que una pasión.

“Cuando miro para atrás y veo las cosas que viví, en ese momento no le daba tanta trascendencia, pero cuando pasa el tiempo le das un valor real a esas cosas. En mi caso y dadas mis condiciones para jugar, creo que logré bastante más de lo que pensaba que iba a lograr (risas). Yo era un jugador que atléticamente por ahí era bueno, pero con condiciones técnicas que no eran tan buenas. Empecé a los 12-13 años en Punta Alta y recién a los 15 me vine para acá para Bahía, empecé como pivote porque era alto y después fui cambiando de puestos, entonces como que tenía bastante falencias en el aspecto del juego. Pero era muy persistente (risas), y creo que esa persistencia mezcladas con las condiciones físicas y atléticas me ayudaron bastante”, cuenta Jorge.

Hoy con 59 años, Jorge reflexiona sobre lo que fue toda su carrera a nivel general pero sabiendo que también lo que fue su llegada a la selección, en una etapa de recambio generacional, con la salida de grandísimos jugadores y el arribo de una camada de jóvenes que también mostraban su talento ingresando en la edad de los 20, empezando la maduración.

“En una época justo también hubo un recambio importante en Argentina, entonces eso a nosotros nos ayudó mucho. Fue el recambio de tipos como (Fernanod) Prato, (Carlos) Pellandini, (Jorge) Martín, (Aldolfo) Perazzo, (Carlos) Raffaelli… nosotros veníamos de una camada de juveniles que venían de hacer muy buenos torneos en Mundiales y Panamericanos con Alberto Trama (entrenador), el Gringo (Javier) Maretto, (Marcelo) Duffy, (Daniel) Aréjula, (Esteban) Camisassa… y justo enganchamos ese recambio, nosotros con 20 años, y ahí nos vimos favorecidos porque ya a los 21 o 22 años empezamos a jugar con la selección en otro contexto y en otro nivel de Argentina también. Después empezó la Liga y ahí ya también con 24 o 25 años estábamos todos en un momento muy bueno”.

Como decía el mismo Jorge, la Liga Nacional arrancó casi pegada a ese salto a la selección mayor. El puntaltense debutó en Argentina en el 83, en el Sudamericano de San Pablo, y dos años después comenzaba la Liga. Si bien transitó gran parte de su carrera en Estudiantes, en el 84 Jorge pasó a Independiente para jugar un año en el competitivo torneo de Capital, para volver a Estudiantes en el 85 y jugar la primera edición de la LNB en su equipo de siempre.

“En lo personal, creo que haber jugado tantos años de forma profesional, no pude ganar nunca una Liga que fue una frustración personal, pero la verdad es que también estoy muy contento de haber podido vivir de esto. Pero como digo, muy feliz de todo sabiendo las posibilidades y condiciones que tenía, con las posibilidades que uno veía de vivir del básquet, de estar en la selección, jugar en la Liga Nacional y muchas cosas más. No era un número cantado para eso, yo me tuve que esforzar siempre para llegar. Hubo años en los que estuve y en otros no, y lo disfruté”.


EL PRIMER RECUERDO, HEREDAR UNA MISMA PASIÓN

Un joven Lucas en Bahía Basket (foto: Guillermo Giagante)

Si bien cuando Lucas nació, allá por finales marzo de 1989, la familia se encontraba en Mar del Plata ya que Jorge jugaba para Quilmes de Mar del Plata en el ascenso. De ahí pasó a jugar en Comodoro Rivadavia con Gimnasia, también en el mismo escalón para la liga corta, pero luego, para la etapa de 1990/91 en el regreso de la familia a tierras bahienses (Jorge pasó a Olimpo de Bahía, un año antes de su vuelta a Estudiantes), el contacto de Lucas con el básquet pasó a ser más frecuente.

Y es que los Faggiano estuvieron en Bahía del 90 al 94, y Lucas ya tenía cerca de 5 años como mucho. Ahí, en ese periodo donde la familia se estableció por un tiempo en el hogar de siempre, empiezan a aflorar los primeros recuerdos de los dos con el escenario de toda la vida: ese querido Estudiantes, el patio de casa.

“Cuando nací mi viejo estaba jugando Liga todavía y tengo recuerdos medio fugaces de esa época, pantallazos. Recuerdo de ver partidos y estar en tribuna. Tengo una anécdota que mi viejo siempre cuenta que yo al 10 le decía Espil, el número 5 era Richotti y el 12 era Faggiano. No llamaba al número como tal, sino como el jugador que vestía esa camiseta en el equipo de mi viejo. Creo que eso muestra un poco lo muy ligado que estoy con el básquet desde que nací. No decía los números, pero sí los apellidos. Imaginate de dónde vienen esos recuerdos, que me confundía el nombre de los números con los apellidos de las camisetas”, comienza recordando Lucas.

“Se me mezclan un poco los recuerdos y no tengo bien en claro donde empezó todo, pero por lo que cuenta un poco mi viejo es que ya con 3 o 4 años empecé a ir a la escuelita del club Estudiantes. Y de ahí empezó todo. Seguramente empecé a ir al club porque mi viejo también iba, quise empezar, me gustó y demás. Cuando me di cuenta y ya era conciente estaba dentro del club. Vivíamos a media cuadra, tenía a todos mis amigos del barrio ahí en el club, y es cierto que me la pasaba y me gustaba estar en el club por una cuestión social pero también porque me encantaba el básquet”.

“Desde que soy conciente me apasiona el básquet, quizá si en algún momento no me hubiese gustado más y quería hacer otra actividad, conociéndolos a cómo eran mi viejo y mi vieja no hubiese tenido ningún problema. Pero bueno, empecé a gustar al básquet por motivos casi obvios, me gustó y así arrancó todo este camino. Cuando fui más grande obviamente pasó a encantarme más todavía. Fue un poco natural, pero creo que también si no hubiese gustado, algo que hubiese sido bastante raro, conociendo a mis viejos me hubiesen dejado hacer lo que quisiera”.

Por su parte, Jorge también hace una retrospectiva a aquellos de Lucas siendo bebé y lo recuerda con varias anécdotas. Tenían el club prácticamente al lado, y eso hizo mucho más inmediato el amor del hijo por la pasión de papá. Un triciclo que salía a la vereda y automáticamente se metía en las prácticas, un asociación instantánea de un niño que idenficaba los números con los apellidos de los jugadores de Estudiantes (la misma anécdota que líneas atrás contó el propio Lucas) y miles de sonrisas por cada recuerdo que se viene a la memoria.

“Cuando Lucas nació yo me fui a jugar a Mar del Plata y Comodoro, y era muy chiquito claro, así que la etapa que más empezó a estar y más andaba fue cuando estábamos de vuelta acá. Lucas tenía 3 años más o menos. Vivo acá, pegado al club, y me veía cuando me iba a entrenar a la mañana y Lucas se metía con el triciclo adentro de la cancha (risas). Se me viene esa imagen a la cabeza, a la mañana lo sacaban un ratito afuera a andar con el triciclo e inmediatamente se metía adentro de la cancha. Después obviamente estaba toda la familia en los partidos y demás, la familia pasaba mucho tiempo dentro del club”.

“Lucas tenía algo de 2 años y me tocó jugar en ese momento con Espil y Richotti. Lucas venía a la cancha a ver los partidos con la familia y cuando volvíamos a casa quería que le ponga sus canales de dibujitos, pero no sabía los nombres de los números. Entonces venía y me decía ‘Poneme el de Espil’, que era el 10… o ‘Poneme Richotti’, que era el canal 5… No me decía el número 5, 7, 8 o 10, sino que asociaba el número a la camiseta de con quien yo jugaba en ese tiempo para decirme qué canal quería que le ponga en la televisión. Nos matábamos de risa”.


LA HUELLA DE JORGE EN EL BÁSQUET

Lucas tiene algunos flashes de su papá como jugador. Y en este punto es importante hacer la siguiente ecuación: Jorge tenía 27 años cuando nació Lucas, cuando fue papá por primera vez (de hecho Lucas nació tres días antes de que Jorge cumpla 28). En ese entonces, Jorge jugaba Liga B para Quilmes de Mar del Plata, y le iban a quedar casi 8 años más de carrera por transitar, pero aún así iba a ser muy joven para tener una construcción real de la imagen que cultivó su padre en el básquet nacional.

Por tal motivo, Lucas fue armando un rompecabezas con toda la información que uno puede ir recolectando, entre lo que recuerda de haberlo de más chico, seguramente en la mejor versión deportiva de papá, como así también en lo que haya podido ir recolectando entre videos o imágenes de la época, junto con obviamente los comentarios de gente más grande que pudo verlo a Jorge en su mayor esplendor.

“Los recuerdos que tengo más vívidos de mi viejo como jugador son sobre el final de su carrera. Uno va armando un rompecabezas de lo que te acordás, lo que la gente te cuenta o lo que podés llegar a ver por algunas imágenes como un video. Incluso ayer por ejemplo salí de casa a hacer unas compras y me crucé a alguien que me hablaba de mi viejo, de las cosas que había conseguido y la importancia que tuvo en el básquet. ‘No, tu viejo hizo esto y aquello, era un crack…’ (risas). Y son cosas que me siguen pasando obvio, y con todo eso vas armando un rompecabezas de lo que él era como jugador”.

Lucas de todas formas tiene algo bien en claro, y es que esa imagen como jugador no es la más importante, sino que lo más grande está en la huella que dejó su papá como persona, esa persona que le enseñó todo, desde una simple ayuda como aconsejarlo con algo de básquet como así también con lo intangible pero más valioso, con la transmisión de valores como persona. Por eso, esa referencia de buen tipo con el que recuerdan a Jorge en todas las canchas, es uno de los mejores regalos para Lucas.

“Cada vez que alguien se me acercaba a mí para hablarme de mi viejo, la verdad es que lo siento con mucho orgullo por esa imagen de jugador que fue y porque la gente también lo recuerda y le tiene un gran cariño por la calidad como persona que tiene, sabiendo que mi viejo es un tipo que la gente conoce bastante en Bahía. Para mí que me vengan a hablar de mi viejo es un orgullo, y esto de que a su vez sentía que me ayudaban a ir armando una imagen de lo que fue”.

“Sin dudas que ese recuerdo como persona es lo más importante. Al final del día me parece que es eso, la imagen o la huella que pudo haber dejado como impresión en otras personas, más allá de los títulos, reconocimientos o trayectoria. Siempre, lo que realmente cuenta e importa es eso, la persona que siempre fue y es. Me sigue pasando al día de hoy que ya después de casi 25 años que se retiró. Este año no, pero hasta el año pasado que me iba a distintas canchas con la Liga, por ahí me cruzaba con alguien conocido de él, un tipo que jugó con él, un periodista, un fotógrafo… y todavía diciéndome ‘¡Mandale saludos a tu viejo!’, ‘¡Qué grande tu viejo!’… pequeños comentarios que al final del día lo que importa es eso y no tanto la trayectoria, lo que haya ganado, los títulos o las estadísticas. Lo que importa es esa huella que uno puede dejar en otra persona”.


LA PASIÓN DE SEGUIR EL MISMO CAMINO

Sin dudas que cuando los caminos se tejen por el mismo rumbo a través de las generaciones genera una sensación de satisfacción muy grande. Y es que independientemente de hacia donde se apunte, lo principal está en la felicidad de cada una de las partes, en esa alegría de que cada uno pueda desarrollar su propio rumbo, pero cuando estos mismos se encuentran en una misma línea, cuando se transmite de padre a hijo el amor por una profesión, un deporte o mismo una pasión, como en este caso, la sensación de disfrute es mayor por todo lo que se comparte.

En el caso de Lucas, el base de Baurú explicó que las ganas de edificar una carrera siguiendo un poco los pasos de papá se fue dando con el paso de los años. Y ciertamente esto tiene mucho peso, ya que no siempre existe un punto de inflexión, sino que es algo que uno va sintiendo y presintiendo a medida que pasa el tiempo y que tiene más y más contacto con la actividad, cuando uno encuentra esa vuelta de rosca que parecía faltarle a un amor construido con los años para querer emprender una carrera más seria en este deporte.

“Inconcientemente uno lo iba desarrollando adentro. Cuando iba creciendo e iba evolucionando y teniendo más años, esa cuestión que estaba adentro un poco inconciente iba aflorando cada vez más. No tengo el recuerdo de chico, pero sí sé que cuando tenía unos 15-16 años de plantearme y decir que quería intentar ser profesional, más allá de que en ese momento no tenía la certeza de que podía llegar a ser, me acuerdo que un día charlando con mi viejo y mi vieja se los dije”.

“Ellos siempre fueron muy inflexibles en cuanto al estudio, si tenía que ir a la escuela tenía que ser así, tenía que terminar la escuela y no había otra. En ese último tiempo ya quería terminar de estudiar y sacármelo de encima para poder dedicarme full time al básquet, para entrenar doble turno porque yendo a la escuela no podía hacerlo dos veces. Ahí ya tenía esa idea de intentar ser jugador, podía pasar cualquier cosa porque tenía 15 o 16 años, pero sí tengo el recuerdo de haber charlado con ellos dos sobre esto y decirles que quería probar, que quería intentar ser profesional y tratar de vivir de esto”.

“Si no se daba bueno, volvía a estudiar, porque tampoco es que le escapaba tanto al estudio, pero en ese momento me planté y les dije eso. Seguramente viendo cómo había sido la vida de mi viejo y viviendo en un club que tenía Liga Nacional, y ver todos los días jugadores profesionales, eran cosas que ya iba metiéndome una ficha para querer ser jugador profesional. Todo eso en el interior ya me iba desarrollando esa idea. Después claro, cuando vi que a los 15 o 16 años podía haber una posibilidad, se los planteé a ellos seriamente”.

Los resultados son indiscutibles y no resisten un punto en contra, Lucas dio esa vuelta de tuerca y se embarcó en esa apasionante aventura basquetbolística, que claramente siempre fue y es exitosísima. Lo iba a hacer en Bahía durante los primeros años y después pegaría el salto, pasando a jugar en Capital Federal con sus pasos por Boca y San Lorenzo, para luego armar valijas e irse a Corrientes para defender los colores de San Martín, y este último año pasar a tener su primera experiencia en una liga extranjera jugando la NBB de Brasil con Baurú.

Desde esa óptica, recordando un poco el pasado y entendiendo que la elección de Lucas se iba a dar casi por decantación, Jorge también habla de lo que significó esa decisión de Lucas por proyectarse dentro del básquet y además explica lo que genera ver con el diario del lunes todo el camino recorrido por su hijo. Sin dudas, una sensación de orgullo, orgullo por, como decíamos antes, que sus hijos sean felices por encima de respetar o seguir un legado familiar que jamás estuvo impuesto.

“Quizá las condiciones estaban dadas para que siga un poco lo que hacía yo, sí. Maxi también jugó básquet acá, y después se dedicó a jugar al handball. Pero la verdad es que yo nunca los presioné, ni a Lucas ni a Maxi ni a nadie para que hagan básquet, pero la realidad es que viviendo prácticamente al lado del club ese el patio de ellos y hasta una especie de guardería porque se la pasaban todo el día ahí adentro. Así que sí, era casi que iban a jugar al básquet”.

“Aparte por esto de a veces que se habla, de ser ‘el hijo de…’, por ser el hijo de alguien que jugó y llegó hasta cierto nivel. Yo no quería que Lucas tuviese que pasar por eso, yo quería que mi hijo juegue, que llegue hasta el nivel donde se dé, hasta donde él quiera, y por sobre todas las cosas que se divierta, nada más. Obviamente que le daba algunas opiniones o visiones de lo que a mí me parecían ciertas situaciones o de juego o lo que tenía que entrenar, todo desde las experiencias que tuve yo. Pero la verdad es que no mucho tampoco. Siempre le dije que tenía que tratar de ser lo mejor que podía llegar a ser él, que después lo vea, porque la realidad es que eso también depende de tantas cosas que es difícil saber. Uno va escalando y llega hasta donde llega”.

“A mí me genera una sensación de orgullo esto de verlo. Está bueno, verlo en la misma actividad que hice, que haya podido trascender por sus propios medios y demás… llega un punto o un momento donde uno tiene miedo o dudas por todo esto que uno no quiere, que es que le vaya mal, que lo comparen. Y cuando vi que se dio, que llegó donde está ahora y que es feliz haciendo lo que le gusta, lo ves y decis ‘Puta, mirá qué bueno que haya logrado cosas tan lindas que le hacen bien'”.

“Creo que Lucas juega bastante mejor que yo (risas). En un contexto muy difícil porque juega en un puesto donde en Argentina hay un montón de jugadores que juegan bárbaro todos, pero también dentro de ese panorama creo que Lucas llegó a un nivel que pudo trascender y hacer una vida con esto. Podía no haberlo hecho también porque la realidad que hay muchos jugadores, más en su puesto, y a veces lamentablemente no se llega como pasa en este ambiente; pero Gracias a Dios Lucas pudo hacerlo. De no haberse dado tampoco hubiese significado una frustración ni nada de eso, Lucas llegó hasta dónde está ahora y siendo feliz, haciendo lo que le gusta tanto, y creo que eso es lo más importante”.


LA HERENCIA DEL APELLIDO

En materia de esta transmisión de una misma pasión, de lo que significa trazar el mismo camino que el padre, tanto los padres como los hijos pueden atravesar algunas situaciones que en algunos aspectos pueden parecer normales pero que son parte de un proceso de trabajo donde uno debe armar cada camino personal. No existe un destino ya escrito para el hijo de un jugador que también se dedique al juego, sino que como en la vida misma cada persona desarrolla su historia con puño y letra propio.

“La verdad es que más allá de que a veces a algunas personas les pasa, yo nunca lo sentí como un peso a eso de tener que jugar bien porque mi viejo haya sido importante o haya conseguido cosas o sea una persona reconocida. Me quedé siempre con la otra parte, con la parte buena, donde lo más importante y lo que trasciende es cómo fue mi viejo como persona más allá de la imagen que dejó como jugador” reflexiona Lucas.

Y además agregó: “Hoy ves a un jugador y no te acordás si jugó 100, 200 o 1000 partidos en Liga, si ganó 4 o 5 títulos… pero sí siempre te van a recordar si sos buena gente. Y como me pasa con mi viejo, cuando la gente se me acerca y me dice ‘Tu viejo es un tipazo’ o cosas así, creo que esa es la verdadera huella que uno puede dejar, la más importante. También es natural esto, es la forma en la que le nace a uno transitar este camino, porque le nace, desde los valores, desde cómo uno se forma, desde esa herencia”.

Por su parte, en un mundo donde las tibias comparaciones son algo normal, Jorge explica como puede ejercer esa presión social en un plano general, entendiendo que también hay una parte positiva a la que se le puede sacar ventaja en este punto. ¿El punto? Conocer el ambiente, entender situaciones que pueden pasar y, de ser conciente y medido, saber aconsejar.

“Es cierto que pudo haber tenido una carga con esto del apellido, acá en Bahía más porque el básquet es un símbolo para la ciudad, para el que juega y jugó incluso, porque es conocido todo lo que pasó. La historia trasciende y los chicos la conocen, sin dudas. En el caso de Lucas, siempre interpreté que podía ser bastante pesado. Desde mi lado siempre traté de no cargarle la mochila con eso. Por ahí cuando empezó a jugar se lo decía la gente, que como su viejo fue jugador y tuvo su trayectoria entonces él también tenía que ser igual. A medida que uno va creciendo, mejorando y trascendiendo un poco más, ahí ya pueden empezar algunas comparaciones y pueden existir las presiones de ese tipo”.

“En este tema de lo comparativo puede ser una desventaja, llevarlo a una presión extra y en una ciudad como esta. Pero a veces creo que eso de ser el hijo de alguien que jugó al básquet también puede ser una ventaja si lo mirás de otra forma, ya que se conoce un poco más el ambiente, la guía que uno recibe es otra, que me recuerden a mí o que le manden saludos porque ‘Uh tu viejo jugaba al básquet’ y demás situaciones. Todo eso es positivo. Hoy ya ese rótulo de ‘el hijo de…’ no va más en nuestro caso, ahora yo pasé a ser ‘el padre de…’, me pasa (risas). Está bueno eso, porque uno como que se quiere salir un poco del medio, de que tu hijo haga su propio camino, que sea él”.


ENTENDER MOMENTOS; ¿CUÁNDO Y CÓMO ACONSEJAR?

En esto de los consejos y de sacar cierto plus de ventaja a la hora de sentarse a hablar, dar una palabra, reflexionar o intercambiar opiniones, en la vida del deportista y puntualmente en este caso, uno siempre debe detectar cuáles son los momentos oportunos para charlar de forma constructiva. No es algo sencillo de seguro, tiene que ver con un tema de percepción, y en el caso de los Faggiano, esto hasta tuvo un plus en algún punto ya que al ambos haber transitado este mismo camino también entienden cuándo es el mejor momento para dialogar.

Lucas mismo explica que la ventaja de haber tenido a su papá como deportista, independientemente del éxito que haya alcanzado o no, es que pasó por las mismas situaciones y entiende cuáles son los momentos oportunos.

“Una de las ventajas que tuve, por así decirlo, de tener un padre que fue jugador es que seguramente cuando él jugaba al básquet sabía cuándo quería recibir algún consejo o una palabra y cuando no. Entonces, como yo tuve esa fortuna de que sabía cuándo era conveniente hablarle y cuándo no, mi viejo lo aplicó en mí también (risas). En la cancha ni hablaba, creo que era la persona más callada de todos los padres cuando estábamos jugando un partido. Mi viejo ya sabía que cuando estás jugando o después de un partido si te tiene algo para corregir no es el momento, porque uno está caliente, con toda esa adrenalina del juego”.

“Entonces si tenía que hacerme alguna sugerencia o decirme algo, no era ni en el partido ni tampoco al terminar, sino que por ahí era al otro día o esperaba hasta un poco más incluso. Yo siempre digo que tenía esa ventaja, que ya había pasado por eso y sabía bien cuándo quería que te hablen y cuándo no. Cuando otros padres estaban gritándoles a los hijos qué tenían que hacer, mi viejo callado, sabía que lo único que podés llegar a hacer es perjudicar al hijo. Mi viejo estaba siempre en la tribuna, pero el que menos hablaba. Ni le gritaba a los árbitros y esas cosas. Eso para mí fue importante”.

“Hasta el día de hoy mi viejo me aconseja, y eso es lindo. Con el paso de los años eso también va disminuyendo. Me acuerdo que cuando empecé a ser profesional me dijo ‘Che, fijate que entrás a una jungla, es un mundo nuevo’, como explicándome que el profesionalismo es otra cosa, que no eran las inferiores ni lo que venía jugando, que había plata de por medio. Tenía un hijo que estaba entrando en el profesionalismo y habiendo pasado 20 años de carrera sabía las situaciones que me podían llegar a pasar… lógico. Y es así, obvio, el profesionalismo tiene cosas como esas. Ojo, yo tengo mis grandes amigos que me dio el básquet a través de todos estos años jugando, pero también es cierto que te podés encontrar de todo. Nadie te regala nada, si vos te relajaste acá en este mundo hay otro que viene atrás que va a venir a buscar el lugar que tenés. Ese fue uno de los buenos consejos que me dio mi viejo cuando empecé”.

Jorge se adhiere, y sabe que entender este tipo de situaciones durante y post partido son difíciles de manejar, siendo hasta contraproducentes para los más chicos. En base a lo que ha vivido y entendiendo que en cuanto al carácter son bastante similares, el puntaltense explica que a veces prefería esperar que pasen hasta varios días para brindarle una opinión o algún consejo a su hijo sobre algún partido.

“Es todo un tema eso. Yo también soy profesor de educación física y al trabajar con chicos y adolescentes, esto de aconsejar no es nada fácil. Al ver estas situaciones en el club, después como dirigente, trabajando también, cómo los padres a veces presionan a los chicos generan una sensación inversa a la realidad que ellos querían. Hay un montón de historias de ese tipo. En mi caso siempre traté con Lucas de ser de otra forma cuando jugaba y lo iba a ver. Es difícil de las dos partes, desde el lado del hijo y del padre. Mi consejo siempre fue que trate de ser lo mejor que pueda, no sabía adónde iba a llegar, sabía que todo estaba dado para que siga por este camino pero no sabía hasta donde. Y era una presión también. Lucas quería llegar hasta donde llegó al día de hoy y jugando al básquet, en algún punto eso a uno le daba algo de miedo porque sabía lo duro que a veces es el medio”.

“No buscaba meterme mucho en ese sentido, ni en el momento del partido ni después volviendo a casa, tampoco. Sí quizá pasaba un día o varios, y ya con él estando tranquilo me acercaba a hablarle un poco. ‘Mirá, acá fijate esto o lo otro’, siempre como un consejo claro, nunca lo traté de presionar con que tenía que jugar bien y que tenía que ganar cosas, porque me parece que así justamente iba a hacer todo lo contrario, presionado por mí, por su padre. Después de situaciones como perder un partido importante o que haya jugado muy mal o haya jugado poco o haya pasado algo donde terminaba muy caliente, no le decía nada porque sabía cómo es pasar por todo ese tipo de sensaciones. Lo dejaba pasar unos días y después lo hablábamos. No es que tampoco por saber lo que sentía le daba la razón, simplemente le daba una opinión en base a lo que yo había vivido como jugador. Pero dejaba pasar un tiempo para hablar, sí, eso lo leía porque cuando sos jugador y estás en caliente no querés que te vengan a decir nada (risas). No eran momentos para razonar”.

“Es difícil el tema de aconsejar y no pasarse de ciertos límites. He visto no solamente ex jugadores sino también padres que no han sido jugadores y que presionan a los chicos de tal manera que les genera toda una situación de incomodidad, algo que frustra al chico. Traté de estar para Lucas en todo momento, pero nunca invadirlo. Un poco pasa también porque hay cosas que las tenía y tiene que vivir él, que si se tenía que pegar un porrazo que se lo pegue. Porque aparte si yo me metía y decía lo que sentía, y quizá los otros chicos comentaban lo mismo, como que lo estás invadiendo. En mi vida hablé con técnicos de Lucas de nada, porque me parecía era meterme en un punto que no me correspondía. Quizá suena exagerado, pero yo me ponía en ese lugar que no entendía de básquet ni de nada (risas). Entonces, que llegue donde llegue porque sabía que le gustaba jugar también, y si no llegaba tampoco iba a ser la muerte, pero que siempre lo intente por sus medios y no por otras situaciones”.


CARÁCTER, PERSONALIDAD Y ESA RELACIÓN PADRE E HIJO

Los Faggiano por triplicado (foto: Eugenio Andrés Fotografía)

Tal y como uno los puede ver desde afuera, desde una humilde opinión, la forma de ser de los Faggiano puede describirse como transparente. Y es que tiene simpleza en ese sentido, ya que ambos, más allá de algún momento de bronca por algún partido o enojo por situaciones comunes, si hay algo que los caracteriza dentro y fuera de la cancha es esa serenidad, sin muchas palabras, más de accionar, de hacer, de no quedarse en el dicho y ejecutar. Esto obviamente siempre con el intachable sentido de responsabilidad y esfuerzo que los ha caracterizado en todo momento.

“Somos bastante parecidos. Somos tranquilos, de perfil bajo, un poco reservados también. No lo vivencié pero incluso él me contaba esto de la perseverancia y la constancia en el día a día, en intentar progesar, trabajar… en eso creo que somos muy similares y bastante parecidos. Calentones puede ser… quizá en el día a día mi viejo es hasta un poco más calentón que yo (risas). Yo soy un poco más tranquilo. En la cancha ya no, ahí ya soy mucho más calentón yo (risas). La verdad es que cuesta que me enoje afuera, pero en la cancha sí, a veces con los árbitros… me gustaría hasta ser un poco más tranquilo. Pero bueno, uno lo va tratando de llevar, pero cuesta”, explica Lucas.

Jorge comparte la visión de su hijo, en absoluto y en todo su esplendor, remarcando la personalidad de ambos y sobre todo la de su hijo por la seriedad y profesionalismo con la que afronta el básquet. A su vez, también explica un poco cómo lleva a veces ese fuerte carácter dentro de la cancha y esa autocrítica de Lucas que lo lleva a no permitirse ni los errores más mínimos, producto de la exigencia.

“Creo que somos parecidos, sí. Dentro de la cancha incluso, porque viendo un poco cómo se toma los partidos y demás, con esa responsabilidad, eso de entregar todo cuando jugás y esa seriedad. El cuidado y la responsabilidad de un entrenamiento también fue algo que sacó parecido a mí, porque ese aspecto yo sabía que era clave, porque si no lo hacía no iba a poder trascender un tiempo viviendo de esto. Mismo cuando termina un partido, hasta con algún enojo y alguna calentura incluida (risas). En general los dos somos bastante cerebrales, somos de esas personas que analizan todas las posibilidades de una situación”.

“Lucas tiene algo de que se exige mucho a él mismo, y si bien eso lo ha llevado a crecer y al lugar donde está ahora, también muchas veces sé que es contraproducente y se lo he dicho. Se castiga mucho por algún error que pueda cometer, pero me parece que a veces tenés que jugar aceptando que podés equivocarte para que fluya más. Ahora obviamente está mucho más suelto, pero al principio a veces costaba. Salió 2-3 veces mal al principio pero la cuarta quizá ya estaba bien, entonces eso lo fue sabiendo llevar con el paso del tiempo”.

Respecto a la relación de ambos y en cómo son esas personalidades al compatibilizar entre sí, la realidad es que se entienden a la perfección. Estamos ante una familia sincera, muy afectiva y cercana entre sí, unida en todo sentido. Y no solo hablamos de Jorge y Lucas, sino también de Isabella y Máximo, los otros dos hijos de Jorge y hermanos menores de Lucas. Obviamente, en lo imborrable y enumerando a esta bella familia, no hay que olvidarse ni dejar afuera a Silvana, en la memoria de todos para siempre.

“Somos bastante pegados, afectivos, abiertos de uno al otro y sinceros. Quizá eso sea algo que se note más porque los dos estamos en el básquet, pero la realidad es que la familia en general somos así. Yo soy así con mi viejo como para mis hermanos, y mis hermanos son así de iguales con mi viejo. Obviamente por cuestiones obvias quizá el vínculo entre los dos se vea más reflejado, pero viene de familia. Somos una familia donde los vínculos son muy fuertes desde siempre, incluso al día de hoy”, analiza el base de Baurú.

“Tenemos un vínculo muy estrecho. Siempre al menos una vez por año, esté donde esté, mi viejo se vino conmigo un tiempito. Incluso estuvo en Brasil. Siempre está ahí, mira todos los partidos. Nos llamamos diariamente, te diría que cada vez hablamos menos de básquet y más de otras cosas, y eso es algo que también está muy bueno. El básquet sigue siempre pero cada vez un poco menos. Lo que pasa es que cuando uno va creciendo la charla es más de par a par, y eso está buenísimo, y la charla ya te diría que también deja de ser tanto de padre e hijo sino de dos pares. Estoy en una etapa donde ya tengo 31 años y es distinta esa charla en el momento ese cuando compartís, sea una cena, un asado, o unos mates cuando se podía”.

Jorge lleva toda esta situación a cómo está catalogado Lucas como persona dentro del básquet y de la vida, porque sabemos que resulta ser un jugador querido, siempre solidario, compañero y siendo una persona más que positiva. Y en este sentido, con los elogios que ha recibido ese padre que está más que orgulloso y se babea cuando la gente habla maravillas de su hijo, es imposible ocultar esa felicidad y sentir que la guía que le haya podido dar en la vida lo complace.

“Es de las cosas más lindas que hay, verlo transformado como la persona que es hoy más allá de todo lo que viene trascendiendo en el básquet. La calidad como persona es lo que te queda en realidad, más allá de lo profesional. A mí me pasó en los años que me tocó vivirlo como jugador en los lugares que fui, y ahora lo está haciendo Lucas, lo está viviendo por sí mismo y lo está cosechando. Lo más lindo de todo es que más allá de cómo juegue o la trayectoria deportiva, que la gente lo respete como persona y le tenga cariño, que te quieran pero no solamente por lo deportivo sino por buen tipo. Eso es lo mejor que hay”.

“Me pasó hace poquito en Baurú cuando fui a verlo, que el presidente me repitió varias veces el lindo concepto que tenía de Lucas como buena persona. Y me pasado igual cuando visité Corrientes, en San Lorenzo, en Boca también, acá en el club también de más está decirlo. Pero sí, eso es lo más lindo, y cuando viene alguien y me dice esas cosas de Lucas pienso ‘Más o menos hicimos algo bien con los chicos, tanto la mamá como yo’. Es como decir ‘Ya está’, sentís que esa labor de padre está hecha”.


EL MOMENTO DE CRECER, UNA ANÉCDOTA EN SAN LORENZO

Momento top: Lucas junto a Jorge tras el título de campeón en San Lorenzo

Sin dudas que existe un momento en la vida de ese hijo que da una sensación de despegue por así decirlo. Básicamente nos referimos a ese punto donde uno hace una retrospectiva rápida en la que se da cuenta de todo lo que pasó a través de varios años de su carrera, en cuando se cumple un sueño y se hace un pantallazo a lo que fue ese comienzo, ese inicio de todo.

En este caso, existe un punto en común mencionado en la charla con ambos. Y fue el título de campeón de la Liga Nacional conseguido por Lucas en el año 2016, el primer anillo de la era San Lorenzo que luego se completaría con el actual tetracampeonato. Fue en el año en el que el Ciclón regresó a la LNB y logró una rápida consagración, y nos paramos en esta situación porque Lucas explica que su sueño en el básquet había comenzado con llegar a jugar algún día la Liga, y para ese entonces del 2016 no solamente lo había conseguido sino que además se consagraba con la gloria máxima.

“Nuestra carrera es muy vertiginosa y no te podés poner a pensar mucho en lo que va pasando, porque todo el tiempo es más y más. Pero se me viene a la cabeza un momento que fue cuando salimos campeones de la Liga con San Lorenzo. Obviamente que mi viejo estaba ahí presente, cómo no iba a estar (risas)… en Ferro, en la segunda o tercera fila. Ese momento lo sentí como una especie de cierre de ciclo, porque yo empecé a ver básquet con mi viejo jugando la Liga y mirándolo desde afuera, queriendo jugar alguna vez un partido. Soñaba con jugar un partido de la Liga Nacional. Y con el paso de los años, en ese momento con San Lorenzo, se dio que él estaba en la tribuna y yo dentro de la cancha jugando y saliendo campeón”.

“Ahí tuve esa sensación fuerte, de ver cómo son las vueltas de la vida. Mi primer recuerdo era ver jugar a mi viejo al básquet y 20 años después era él quien me estaba viendo a mí jugar la Liga, que era lo que yo soñaba, y salir campeón. Se me estremeció todo, me puse a ver un poco para atrás y analizar todo lo que pasó. Me acuerdo que terminó el partido y lo primero que hice, sin pensarlo, fue subir por la platea e ir a abrazarlo. Me saqué la camiseta y se la regalé. Fue fuerte, ni lo tenía pensado, me salió de adentro, y debe ser uno de los momentos más lindos que me pasó desde lo emotivo. Fue algo muy importante, esos momentos que únicos que no me voy a olvidar más. No lo sé, pero imagino que para mi viejo también habrá sido súper emocionante”.

Con el hijo hablando de este momento que se sintió como un punto de inflexión importante en su historia, para Jorge también resultó ser una sensación importante desde lo sentimental. Lo siente como padre obvio, pero también tiene muchísimo sentido el simple hecho de pensar en todo el camino que realiza un deportista para llegar a abrazarse a títulos, reconocimientos y distinciones.

Y esto se da por una situación que todos nos podemos imaginar y que es real, algo que en el caso de los Faggiano resultó de esta forma: con 30 años aproximadamente, un papá veía cómo su hijo corría atrás de una pelota naranja que hasta era mucho más grande de contextura que Lucas; y luego, con el paso de casi dos décadas de mucho esfuerzo, sacrificio, trabajo, momentos duros y otros de regocijo, ese papá termina viendo cómo su hijo llegó a un momento de gloria deportiva increíble de sentir. El saber de todo esos años de lucha que hubo en el medio, y sentir esa felicidad de Lucas hasta incluso como propia, dejó en Jorge un momento que tampoco podrá olvidar.

“La sensación fue bastante emocionante más allá de salir campeón. Yo sabía que para Lucas salir campeón era bueno para su futuro, porque ese título te queda y lo llevas siempre, haberlo hecho en San Lorenzo también, todo eso sabemos que sirve y ayuda. Pero voy más allá de eso. A mí me pasó de en ese momento saber y ver todo el camino que había hecho para irse. Lucas se fue de acá de Bahía muy jovencito a Boca, se fue solo, se quedó allá, la peleó y después se va a San Lorenzo, cayó con el equipo recién armándose, la lucharon y terminaron saliendo campeones.
Fue esa sensación increíble de verlo maduro, crecido, de orgullo de saber cómo la peleó durante tantos años para ese momento donde estaba siendo campeón de la Liga. Me alegré mucho por él, porque de chiquito jugaba acá atrás en el patio de casa y casi veinte años después lo veía en eso que tanto soñaba y quería, en ese disfrute y siendo campeón. Más allá con este dato no menor que con tantos jugadores pasaron por la historia de la Liga y quizá no llegaron a ser campeones, entonces eso hace más fuerte ese momento”.

“Ese momento con San Lorenzo fue un momento de sensaciones muy lindas por ver todo lo que creció, y después también hubo un segundo momento cuando pasó su segunda etapa en San Martín. Ahí en ese momento me dije ‘Ya está… mierda lo que creció’, porque fue una etapa donde Lucas ya había madurado muchísimo y hasta definitivamente como jugador. Fueron dos situaciones que a mí me hicieron saber que mi hijo había dado unos saltos gigantescos y enormes en su carrera”.


LA SELECCION, UNA BELLA COINCIDENCIA

Lucas jugó en una de las ventanas clasificatorias rumbo al Mundial de China (foto: FIBA)

El sueño de casi todo deportista es sin dudas representar a su país, a su bandera, en alguna cita internacional. Defender los colores de su nación, el momento de cantar un himno delante de todo el mundo y saber que uno está representando a millones y millones de personas, que vive una situación única de ser el impulsor de los sueños de todo un país. Y eso es para lo que muchos trabajan.

Sin dudas la selección argentina ha sido un punto de coincidencia no habitual para Jorge y Lucas. Y es que ciertamente el padre ha tenido un destacado paso dentro del combinado nacional entre 1983 y 1988, jugando, como decíamos en el principio de este artículo, varias citas internacionales como Sudamericano, Panamericanos y Preolímpicos.

El hijo, por su parte, fue convocado ya un poco más grande en edad pero sabiendo que no estábamos ante algo sencillo ya que el puesto de base en Argentina ofrece muchísimas variantes y jugadores en altísimo rendimiento. No obstante, Lucas se hizo un lugar en una de las ventanas FIBA, Sergio Hernández lo convocó en noviembre del 2018 y fue parte de la victoria contra Estados Unidos en La Rioja (80-63), donde el bahiense registró 2 puntos, 1 asistencia y 1 robo en 10:42 minutos. Lucas recordó aquel suceso:

“Ese partido fue una noche muy linda, una de las noches más emocionantes de mi carrera. Desde el momento en el que supe de mi convocatoria me generó muchísima ilusión, lo tomé con responsabilidad y seriedad, y obviamente que para mí fue un verdadero orgullo poder vestir la camiseta argentina. Lo disfruté al máximo, más allá del resultado que también hizo que todo sea más fuerte. Fue una alegría muy grande. Al principio tuve un poco de nervios, pero cuando entré a la cancha me solté y lo disfruté muchísimo”.

Jorge en tanto, sabiendo el dato no menor y numérico de que los Faggiano fueron los séptimos padre e hijo en jugar oficialmente para Argentina, algo que enaltece aún más la presencia de los dos en estos procesos, le da un realce más al logro de Lucas por haber llegado a la selección dentro de una actualidad y una constante donde los bases han sido siempre un punto fuerte en general dentro del básquet argentino. Eso hizo que ganarse un lugar para Lucas haya sido más complicado, por eso lo resalta.

“La selección fue algo particular, no tantos padres e hijos hubo. Lucas tuvo esa posibilidad de jugar en esa ventana que me parece que para él fue un mimo a su esfuerzo. Ya lo decía, es difícil entrar en la selección con la cantidad de chicos y la cantidad de muy buenos jugadores que hay como Lucas en el puesto. Se dieron las circunstancias y estuvo. Y no solo esto de estar, porque la realidad es que pudo ayudar y tuvo minutos, no solo fue ponerse la camiseta sino también jugar y poder darle una mano al equipo. A mí me gustó que pudo participar, que pudo ayudar en una partecita a la clasificación. Lucas llegó hasta ese lugar, tan hermoso cuando llegas como así también difícil en alcanzar y sabiendo que hay tantos en el puesto. Me parece que fue un mimo lindo”.

A su vez, Jorge recuerda una anécdota que tuvo en 1983, cuando con la selección argentina jugaron el Panamericano de aquel año en Caracas. En ese entonces y durante el mencionado torneo, el equipo nacional jugó contra Estados Unidos, en un equipo rival con nombres prestigiosos y de primer nivel como Charles Barkley, Pat Ewing y un tal Michael Jordan.

“Ahora que está la serie de Michael Jordan (The Last Dance), los otros días le contaba a Lucas que en esos Panamericanos que nos tocó jugar en Caracas estaba Jordan con la selección de Estados Unidos. Era universitario todavía, algo particular, y ya se hablaba un poco de él. Y me ponía a pensar lo que son las cosas, de cómo pasa el tiempo, y con el paso de los años estos chicos de la Liga Nacional y más, con la Generación Dorada, no solamente compitieron sino que también les ganaron a los jugadores de la NBA. Lo nuestro era chiquito al lado de ellos, pero la anécdota de ver eso desde aquel momento para acá en el tiempo fue muy importante”.


DE JORGE A LUCAS, DE PADRE A HIJO

“Me pasa con los tres sentir ese enorme orgullo por mis hijos. A partir de la situación que nos pasó con Silvana, con la mamá, el tránsito por la enfermedad y los años que convivimos con ello, a través de eso todos nosotros tuvimos como un vínculo que fue una especie de afianzamiento, algo que al día de hoy hace que perdure muchísimo esa situación. Vivir situaciones límites te lleva a empeorar o afianzar relaciones, y en el caso nuestro nos afianzó y mucho, y también nos ablandó bastante. Nos fuimos capaces de decirnos cosas que por ahí a veces cuestan, a los chicos con los padres o a los padres con los hijos. En el caso nuestro con los tres, toda esa situación generó la relación se afiance mucho, más allá de las diferencias normales que puede haber, claro”.

“Puntualmente con Lucas, al ser el mayor, también te puedo decir que es un chico que siempre se ha preocupado por todos nosotros, por su familia, por la situación de la madre, la mía, la de todos nosotros. Siempre fue muy responsable y muy atento a lo que nos pasaba y nos pasa, qué cómo estábamos, si necesitábamos algo, y siempre buscó mantener muy fuerte todo este vínculo familiar. Es mi hijo ¿Qué puedo decir? Mis hijos son lo más importante sin dudas. En su vida tuvo momentos como cuando se fue a Estados Unidos o cuando se fue de Bahía Blanca, que independientemente de las distancias siempre mantuvo esa relación y esa unión familiar con todos con el tiempo. Eso también creo que fue importante, porque al estar lejos se potencian estos estados.

“Me siento muy identificado con él, y si se siente feliz con la tarea que hicimos con su madre y las enseñanzas o herramientas que le hemos dado para manejarse en la vida, entonces yo estoy realizado y satisfecho. En esta etapa de la vida ya está, ya lanzaste la flecha lejos, y hoy poder darme esos lindos gustos de poder sentarme con Lucas o con mis otros hijos para poder hablar de la vida, de cosas, de ver cómo van madurando, cómo se van incluso golpeando y aprendiendo, entre frustraciones y victorias, compartiendo cosas juntos, yo desde mi parte siento que soy un privilegiado por eso. Como vos ya lo viviste, ahora te pasa de disfrutar mucho esas alegrías y victorias que va teniendo tanto él como sus hermanos, en todo lo que encaren, siendo felices”.


DE LUCAS A JORGE, DE HIJO A PADRE

“Lo humano es lo que más rescato de mi viejo. Quizá uno de afuera piensa que en lo que más me instruyó es en el básquet, pero no, la realidad es que mi viejo desde los valores, de enseñarme desde lo básico hasta a cómo encarar la vida, el concepto de la familia unida, de estar siempre ahí, de ser así de unidos… ese lazo es lo más fuerte, es lo que más tuve tanto de mi viejo como de mi vieja, de los dos. La educación, los valores, el modo de ser, la forma de transitar en la vida, el ser constante, el perseverar, los vínculos, la unión familiar… esas fueron las cosas más importantes que tuve de ellos. Va mucho más allá de algún consejo de básquet. Creo que si no hubiese sido jugador de básquet o no hubiese tenido la oportunidad de jugar por no haberse dado, independientemente de eso lo que mis viejos me pudieron transmitir como padres es lo que más me queda”.

“Hoy ya tengo 31 años y mi visión más que como hijo ahora es pensándolo que en algún momento pueda llegar a ser padre. La verdad es que a mí me gustaría ser así como mi viejo fue conmigo, que lo que mi viejo me transmitió a mí yo pueda transmitírselo también a mi hijo, y que sea así. Uno ya empieza a mirarlo así. Eso es lo más lindo sin dudas. Mi viejo me inculcó los valores que uno lleva en la vida, de la forma que más o menos uno se maneja, y que se recalcan cada vez que alguien viene a hablarme de mi viejo. Me parece que la mejor forma de decirlo es así, nada más genuino que eso, que cuando me llegue el momento de ser padre quiero ser con mi hijo de la forma que mi viejo fue conmigo, y que mi hijo se sienta conmigo de la misma forma en la que yo me siento con mi papá”.

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